viernes, 14 de enero de 2022

Existen realmente los ángeles de la guarda, descubrámoslo juntos.

 


La mitología cristiana afirma que todos tenemos ángeles guardianes, que nos cuidan y guían en nuestro recorrido por la vida, y nunca nos abandonan y nos amparan en situaciones difíciles, pero

El Ángel de la Guarda o el Ángel Custodio, según la creencia cristiana, es el ángel asignado por Dios a cada alma humana para que la acompañe en todas las vicisitudes de su vida e, incluso, después de la muerte. Son espíritus o guías de naturaleza divina que cada uno de nosotros posee y que se encargan de velar y de cuidar en todo momento de la persona a quien han sido designados como sus protectores. Algunos teólogos precisan que los Ángeles de la Guarda son seres inteligentes dotados de enorme pureza y que ofician de puente entre Dios y su custodiado. Encarnan la voz de la correcta conciencia, que trata de ayudarnos y orientarnos en nuestra senda de aprendizaje y consolarnos en los momentos de aflicción. Tienen la misión, en suma, de recordarnos el camino de regreso a nuestro hogar primigenio, que es Dios. Creencia antigua Ángeles de la Guarda

 

 

La creencia en los ángeles guardianes data de las primeras civilizaciones. Los babilonios y asirios, al parecer, creían en la existencia de ángeles guardianes al constatar ciertos monumentos en los cuales se pueden observar figuras muy similares a las figuras angélicas.El concepto bíblico de ángel en el Antiguo Testamento es el de un mensajero, un espíritu puro que existe para cumplir las órdenes de Dios y llevar sus mensajes a los seres humanos. El Ángel de la Guarda aparece con algo más claridad en el Nuevo Testamento, en el pasaje donde Dios le dice a Moisés: “Voy a enviar un ángel delante de ti para protegerte en el camino y para conducirte al lugar que te prepare”. En los Hechos de los Apóstoles nos enteramos que San Pedro es liberado de la cárcel por un ángel. Cuando éste sale de prisión y llega y llama a la puerta de la casa donde están reunidos los discípulos de Jesús, al principio ellos creen que no es Pedro en persona y exclaman: “Será su ángel”. La noción de ángel y sus respectivas jerarquías fue desarrollado extensamente durante el siglo V A.C. por Dionisio Aeropagita. 


El hecho que cada alma individual tenga un Ángel de la Guarda nunca ha sido definido realmente por la Iglesia, así que no se considera formalmente un artículo de la Fe. Sin embargo sí se lo considera tácitamente, tal como lo expresó en su momento San Jerónimo: “Cómo será de grande la dignidad del alma, que cada uno tiene desde su nacimiento un ángel de la guarda asignado por Dios.” Los teólogos y Padres de la Iglesia desde los primeros tiempos del Cristianismo se preocuparon de los ángeles guardianes. Orígenes, por ejemplo, decía que “los cristianos creemos que a cada uno nos designa Dios un ángel para que nos guíe y proteja”. Y Santo Tomás de Aquino, en su obra “Summa Teológica”, afirmaba que solo los ángeles de las órdenes más bajas son los que vienen a ayudar y amparar a los seres humanos. La celebración de los Ángeles de la Guarda nació en España y, desde allí, se extendió por toda Europa. En el año 800 ya se celebraba en Inglaterra una fiesta en honor a estos seres angélicos y, en el año 1608, se extendió a toda la Iglesia universal la Fiesta de los Santos Ángeles Custodios, que actualmente se celebra cada 2 de octubre. 



Oración y comunicación La tradición afirma que los ángeles guardianes nos ayudan de diversas formas. Pueden actuar a través de los sentidos y la imaginación, aunque no pueden actuar en contra de nuestra voluntad. Y después de nuestra muerte nos pueden ofrecer su compañía, aunque no pueden ayudar al ser humano a obtener la salvación si éste ha fallecido en pecado. Algunos teólogos y sacerdotes explican que la forma más expedita de comunicarse con nuestro Ángel de la Guarda es a través de la simple oración. Es el caso de la siguiente frase, que en su forma más primitiva decía lo siguiente: “Angele Dei, qui custos es mei, tibi commissum pietate superna, me illumina, custodi, rege et guberna (Santo Ángel del Señor, mi celoso guardador, pues que a ti me confío la Piedad divina, hoy y siempre me gobierne, rige, guarde e ilumine. Ámen). Otros explican que para comunicarse con los Ángeles de la Guarda también conviene estar atento a los eventuales mensajes y casualidades que pueden ocurrir después de pedir su ayuda, poner atención a los sueños y su posible significado, y hacer caso a nuestro buen instinto cuando esté ocurriendo algo extraordinario o inusual. La creencia religiosa contemporánea, en los albores del siglo XXI, todavía sostiene que los Ángeles de la Guarda protegen diariamente nuestro cuerpo y alma y elevan por nosotros rezos a Dios, a la manera de intermediarios. Si bien no podemos verlos, para muchos la invisibilidad de la que se valen sólo es una forma más eficaz para auxiliarnos y ampararnos.

Dios no te ha olvidado, pero en qué estas creyendo tú?

 

“Dios no te ha olvidado”. Al escuchar esas palabras, me emocioné por completo ya que no me había dado cuenta de lo mucho que las necesitaba. Mientras las lágrimas corrían por mi rostro, comprendí lo sola y olvidada que me había sentido.

 

Estaba en el momento más oscuro de mi vida. Mi esposo había abandonado nuestra familia, mi cuerpo se estaba deteriorando y estaba criando dos hijas que no querían saber nada de “mi” Dios. Me sentía desapercibida.

 

Sin embargo, de alguna manera, saber que Dios no me había olvidado me motivó a buscarlo con una esperanza renovada. Aquellas simples palabras me ayudaron a concentrarme en las verdades que necesitaba recordar: que el Señor estaba conmigo y que me sustentaría a través de esta prueba, que Dios estaba usando mi sufrimiento para lograr algo mucho más grande de lo que yo pudiese ver o comprender y que mi dolor no duraría más que lo absolutamente necesario.

 

Esas verdades me sustentaron y esas tres garantías me aún siguen sosteniendo.

 

Dios estará conmigo

La seguridad de que Dios está con nosotros es el regalo más precioso que tenemos durante el sufrimiento.

 

Por supuesto, como cristianos sabemos que Dios siempre está con nosotros y que no hay lugar del que podamos huir de su presencia (Salmo 139:8), pero experimentar la presencia y el consuelo de Dios es diferente. Me ha dado gozo cuando no tenía motivación (Salmo 16:11), me ha renovado cuando estuve cansada (Hechos 3:20) y me ha librado del temor cuando pasé por las aguas (Isaías 43:2). La presencia de Dios ha sido más evidente en mi vida en el sufrimiento que en cualquier otro momento, convirtiéndola en un tesoro invaluable en la oscuridad (Isaías 45:13).

 

En el Salmo 23, David comienza hablando de Dios y de su tierno cuidado diciendo “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1), pero cuando se encuentra en un lugar de peligro y sufrimiento, pasa de hablar de Dios a hablarle a Dios directamente: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo 23:4). Hay una cercanía, una intimidad con Dios que David experimenta inmediatamente en la angustia.

 

La incomparable presencia de Dios en nuestro dolor enfatiza que un día con Él en la prueba, es mejor que mil días sin dolor en otro lugar.

 

Dios tiene un propósito bueno para mi sufrimiento

Si mi sufrimiento no tuviera sentido, no hubiera podido soportarlo. Me habría sentido derrotada, amargada y llena de remordimientos y dudas y me preguntaría si mi mala decisión, o la de alguien más, me había impedido tener la vida exitosa que anhelaba. La vida me habría parecido injusta e incluso cruel.

 

Sin embargo y afortunadamente, sé que lo contrario es verdad: mi sufrimiento le ha sido confiado a Dios y Él está usando cada gota del mismo para cumplir sus buenos propósitos en mí. Mi sufrimiento está cargado de significado y no será desperdiciado, incluso si todo lo que puedo ver en este momento sea pérdida. Por la fe, creo que Dios tiene un motivo y también un propósito para mi dolor, quizás miles de razones, y todas son para mi bien, sin importar cómo luzca o se sienta (Romanos 8:28; Génesis 50:20). Mientras no pueda ver o entender ninguno de esos propósitos, sé que el Señor jamás me haría sufrir sin razón. Ahora puedo ver tenuemente en el espejo y comprendo parcialmente, pero un día veré cara a cara y comprenderé plenamente (1 Corintios 13:12).

 

Los hombres y mujeres en la Biblia no pudieron ver cómo Dios estaba usando sus vidas ni sus luchas. Vivían el día a día, igual que nosotros, decepcionados, esperando y preguntándose por qué sus vidas eran tan difíciles. Aun así, Dios usó su dolor para algo más glorioso de lo que pudieran imaginar.

 

Sucede del mismo modo con nosotros. Debemos confiar que Dios está usando nuestro sufrimiento para algo más grande de lo que podemos ver ahora. Nuestro sufrimiento está logrando algo eterno, preparándonos un peso de gloria que supera cualquier comparación (2 Corintios 4:17). Así como con José, nuestras luchas pueden estar salvando muchas vidas (Génesis 50:20), lo cual podremos ver por completo solamente en el cielo. No obstante, podemos estar seguros de que, así como lo dice Joni Eareckson, “En el cielo, agradeceremos a Dios sin parar por las pruebas que nos envió al estar aquí”.

 

Mi dolor terminará algún día.

Sin importar el dolor por el que estemos pasando, si estamos en Cristo, podemos estar seguros de que no durará para siempre. Nuestro sufrimiento es “temporal” y “por un corto tiempo” al considerarlo y experimentarlo a la luz de la eternidad. Dios hará todas las cosas nuevas; tenemos gozo eterno esperando por nosotros en el cielo.

 

Sin embargo, el cielo puede parecer un pequeño consuelo cuando los días de dolor se alargan por meses e incluso años. Todos queremos ser libres del dolor en esta vida y muchos veremos esa libertad. Nada está por encima de la capacidad de Dios para redimir. Él da vida a los muertos y llama como si existieran a cosas que no existen (Romanos 4:17). Dios sabe exactamente cuánto tiempo durará nuestro dolor y también nos dará todo lo que necesitemos mientras esperamos. Nada es demasiado difícil para Él (Jeremías 32:17). Solo podemos vivir un capítulo de nuestras vidas a la vez y ninguno de nosotros sabe exactamente lo que traerá el próximo capítulo. Puede que el día de mañana nos traiga una redención más allá de nuestros sueños, como experimentaron Noemí, José y Job. O tal vez solo un descanso necesario de nuestro dolor y sufrimiento. Puede que pronto miremos hacia atrás, a las pruebas de hoy, y nos maravillemos por la fidelidad de Dios en ellas.

 

Aun así, no todos podremos hablar del dolor en tiempo pasado. Algunos no vamos a experimentar el alivio en esta vida, sino que moriremos a causa de una enfermedad que nos consume, sentiremos el dolor de por vida de una pérdida aguda, viviremos entre sueños rotos, agonizaremos preguntándonos cómo se las van a arreglar nuestros seres queridos, lucharemos con enfermedades físicas y mentales debilitantes y puede que nunca veamos el cumplimiento de todo lo que creíamos que Dios haría. Al igual que los santos de las Escrituras, quienes no vieron realizadas las promesas de Dios durante su vida, tendremos que confiar en que Dios nos tiene reservado algo mejor (Hebreos 11:13-16): una herencia gloriosa, riquezas incalculables, coronas de gloria y placeres para siempre. Si somos suyos, nuestro dolor terminará con toda seguridad y por completo.

 

Dios no te ha olvidado

Dios tiene toda la eternidad para mostrarnos su bondad (Efesios 2:7). Como ha prometido, “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Estoy convencida de que cuanto menos placer y recompensa terrenales hayamos recibido, mayor será nuestro placer y recompensa en el cielo.

 

Si estás luchando hoy, recuerda que Dios no te ha olvidado. Te ha grabado en las palmas de sus manos (Isaías 49:15-16). Nunca te fallará ni te abandonará. Caminará contigo a través de cada valle oscuro. El Dios que ha contado cada cabello de tu cabeza y conoce cada gorrión que cae al suelo está al tanto de cada detalle de tu situación. Él está usando tu sufrimiento y tu dolor en formas que no creerías si alguien te lo dijera.

 

Y después de que hayáis sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá (1 Pedro 5:10).