lunes, 17 de enero de 2022

En tiempos de tanto dolor, cómo encontramos consuelo en medio del sufrimiento?




En medio del sufrimiento, lo que más necesitamos son hombros que nos consuelen y sostengan. Es una lástima que estos no aparecen tan a menudo como quisiéramos. Muchas personas creen que sufren primordialmente porque: algo malo les ha acontecido, como consecuencia acciones de otros, porque nacieron en un país o familia determinada, quizás porque sus padres hicieron esto o aquello, incluso porque tienen mala suerte. Al final, no logran comprender la razón de su angustia.

 

El sufrimiento puede tener muchas causas: enfermedad, muerte, escasez, angustia, abusos, asesinatos, traición, etc., podríamos seguir mencionando muchas más, hasta llegar a la inevitable conclusión: “hay mucho dolor en este mundo”. Toda la humanidad sufre, sin excepción.

 

Debemos reconocer que tenemos un entendimiento erróneo del sufrimiento, ya sea por lo enseñado por nuestros padres, lo que leemos en las redes sociales, o lo que mundo dicta en general. La Biblia es la verdad de Dios, por eso debemos enfocarnos en lo que enseña acerca del sufrir.

 

La Biblia, desde Génesis 3, muestra que vivimos en un mundo caído y corrompido por el pecado. Esto trajo dolor, sufrimiento, enfermedad, injusticia, vergüenza y culpa a todos los seres humanos, sin distinción. Esto es algo que muchos no quieren escuchar.

 

A raíz del pecado señalado en Génesis 3, Dios dijo que: el hombre sufriría al trabajar la tierra, tendría sudor en su frente (Gen 3:18), la mujer daría a luz con dolor (Gen 3:16), y ambos morirían (Gen 3:19). El dolor y el sufrimiento hacen su entrada al mundo, pues el pacto que Dios tenía con el hombre fue transgredido por este. Desde ese momento, Dios permite el sufrimiento en el mundo como la consecuencia del pecado y lo usa para mostrarnos quien es Él; para que creamos que existe y le busquemos.

 

El sufrimiento vino a causa del hombre, porque él se rebeló contra Dios. El consuelo perfecto que tenía con Dios, lo cambió por dolor al escoger ser su propio dios. Pocas veces escuchamos que las personas reconocen o saben esta verdad; es más frecuente en la gente cuestionar todo lo que sucede y culpar a otros por sus situaciones, las cuales no pueden arreglar por sí mismos. Mientras estemos en esta vida, el dolor será parte de nuestro día a día, no se acabará y estará hasta que el Señor decida regresar a juzgar al mundo.

 

Al comprender el origen del sufrimiento, no vemos a Dios como el malo y sanguinario que disfruta al vernos sufrir. Por supuesto que no lo es. Dios es todo poderoso, creador de los cielos y de la tierra, a quien todo le pertenece, es Su historia. Él es quien decreta el inicio y el fin: el hombre trajo su pecado, pero Dios trajo Su salvación.

 

Dios nos abre el camino de regreso a Él. Esto es por la fe en la obra de sufrimiento que pasó Su Hijo, Jesucristo; por Su vida y muerte en lugar de los pecadores. Esta nueva oportunidad no es para quitar el dolor, sino para aprender a vivir con gozo en el padecimiento, algo que necesitamos mientras habitemos en este mundo, porque el pecado aun mora en nosotros (Ro 7:21-24). Ahora tenemos el consuelo de Uno que, en la cruz sufrió en nuestro lugar.

 

La Biblia enseña que necesitamos ser humillados, pasar por distintas pruebas en esta vida, como dice el Salmos 119:71 “Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda Tus estatutos”. La Palabra de Dios dirige nuestra mirada a Cristo para ser moldeados a Su imagen (Ro 8:29), y al final atravesar la prueba con gozo en medio del sufrimiento. Dios ha prometido que quien cree en Su Hijo, estará con Él eternamente. Este mundo no es el final.

 

Por fe, tenemos el consuelo que Dios, como buen Padre sabe lo que es mejor para Sus hijos, y para toda Su creación. Todo servirá para reconocer que Él es Dios soberano, quien controla nuestras vidas para Su gloria. Su Hijo sufrió siendo hombre, no estimó ser igual a Dios, no abrió su boca, se humilló, obedeció hasta la muerte, y muerte de Cruz (Fil 2:8). El Señor Jesucristo padeció siendo Dios y hombre para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Sus sufrimientos son la marca de los nuestros.

 

Pero, no quedó allí: Cristo resucitó al tercer día y ha prometido resucitarnos con Él para vida eterna, (1 Co 6:14). Esta es nuestra esperanza, y en medio del sufrimiento en este mundo, es nuestro consuelo. Cristo se compadece de nosotros, porque fue atribulado como nosotros, Él nos comprende, (Heb 4:15), podemos acercarnos a Él (Heb 4:16).

 

Entonces, ¿cómo respondemos al sufrimiento de una forma que agrade al Señor, en humildad y obediencia como Jesús?  Diariamente, nos sometemos a Su Palabra. Mostramos fruto que refleje que hemos creído en Él, en nuestras palabras, acciones y relaciones. Proclamamos Su evangelio. Nos animamos unos a otros, pues es imposible vivir la vida cristiana solos, si lo intentamos este mundo nos comerá vivos.

 

Solo el evangelio, que es el poder de Dios para salvación, es lo único que verdaderamente puede transformar nuestra vida, y fortalecer nuestro corazón en medio de cualquier circunstancia que Él nos permita pasar. Al ver la Cruz podemos decir: ¡Gloria a Dios! En Su resurrección podemos exclamar: ¡Heme aquí, haz conmigo lo que Tú quieras, en Ti estoy seguro!

 

En medio del sufrimiento Cristo es nuestro sostén, nuestra roca fiel, nuestro salvador y reconciliador. En la Cruz tomó nuestro pecado, y en la resurrección nos dió esperanza.  Hagamos a Cristo todo para nosotros, no dependamos de nuestras circunstancias, sino solamente de Él. Sin importar el país que habitamos, la cultura que nos rodea, las experiencias del pasado, la familia que tengamos o hayamos tenido, vivamos de manera que agrade al Señor.

 

La exhortación, mis hermanos, es que hay una única esperanza, una verdadera respuesta para nuestro ser en medio de este mundo caído, de vidas vacías, tristes o solas: CRISTO JESÚS. Sólo por medio de lo que Él hizo en la Cruz y por Su resurrección, es que podremos realmente vivir con esperanza y consuelo en este mundo en medio del sufrimiento. Un día no habrá más lágrimas, sino solo gozo. Esperemos ese día con esperanza, porque vendrá.

viernes, 14 de enero de 2022

Existen realmente los ángeles de la guarda, descubrámoslo juntos.

 


La mitología cristiana afirma que todos tenemos ángeles guardianes, que nos cuidan y guían en nuestro recorrido por la vida, y nunca nos abandonan y nos amparan en situaciones difíciles, pero

El Ángel de la Guarda o el Ángel Custodio, según la creencia cristiana, es el ángel asignado por Dios a cada alma humana para que la acompañe en todas las vicisitudes de su vida e, incluso, después de la muerte. Son espíritus o guías de naturaleza divina que cada uno de nosotros posee y que se encargan de velar y de cuidar en todo momento de la persona a quien han sido designados como sus protectores. Algunos teólogos precisan que los Ángeles de la Guarda son seres inteligentes dotados de enorme pureza y que ofician de puente entre Dios y su custodiado. Encarnan la voz de la correcta conciencia, que trata de ayudarnos y orientarnos en nuestra senda de aprendizaje y consolarnos en los momentos de aflicción. Tienen la misión, en suma, de recordarnos el camino de regreso a nuestro hogar primigenio, que es Dios. Creencia antigua Ángeles de la Guarda

 

 

La creencia en los ángeles guardianes data de las primeras civilizaciones. Los babilonios y asirios, al parecer, creían en la existencia de ángeles guardianes al constatar ciertos monumentos en los cuales se pueden observar figuras muy similares a las figuras angélicas.El concepto bíblico de ángel en el Antiguo Testamento es el de un mensajero, un espíritu puro que existe para cumplir las órdenes de Dios y llevar sus mensajes a los seres humanos. El Ángel de la Guarda aparece con algo más claridad en el Nuevo Testamento, en el pasaje donde Dios le dice a Moisés: “Voy a enviar un ángel delante de ti para protegerte en el camino y para conducirte al lugar que te prepare”. En los Hechos de los Apóstoles nos enteramos que San Pedro es liberado de la cárcel por un ángel. Cuando éste sale de prisión y llega y llama a la puerta de la casa donde están reunidos los discípulos de Jesús, al principio ellos creen que no es Pedro en persona y exclaman: “Será su ángel”. La noción de ángel y sus respectivas jerarquías fue desarrollado extensamente durante el siglo V A.C. por Dionisio Aeropagita. 


El hecho que cada alma individual tenga un Ángel de la Guarda nunca ha sido definido realmente por la Iglesia, así que no se considera formalmente un artículo de la Fe. Sin embargo sí se lo considera tácitamente, tal como lo expresó en su momento San Jerónimo: “Cómo será de grande la dignidad del alma, que cada uno tiene desde su nacimiento un ángel de la guarda asignado por Dios.” Los teólogos y Padres de la Iglesia desde los primeros tiempos del Cristianismo se preocuparon de los ángeles guardianes. Orígenes, por ejemplo, decía que “los cristianos creemos que a cada uno nos designa Dios un ángel para que nos guíe y proteja”. Y Santo Tomás de Aquino, en su obra “Summa Teológica”, afirmaba que solo los ángeles de las órdenes más bajas son los que vienen a ayudar y amparar a los seres humanos. La celebración de los Ángeles de la Guarda nació en España y, desde allí, se extendió por toda Europa. En el año 800 ya se celebraba en Inglaterra una fiesta en honor a estos seres angélicos y, en el año 1608, se extendió a toda la Iglesia universal la Fiesta de los Santos Ángeles Custodios, que actualmente se celebra cada 2 de octubre. 



Oración y comunicación La tradición afirma que los ángeles guardianes nos ayudan de diversas formas. Pueden actuar a través de los sentidos y la imaginación, aunque no pueden actuar en contra de nuestra voluntad. Y después de nuestra muerte nos pueden ofrecer su compañía, aunque no pueden ayudar al ser humano a obtener la salvación si éste ha fallecido en pecado. Algunos teólogos y sacerdotes explican que la forma más expedita de comunicarse con nuestro Ángel de la Guarda es a través de la simple oración. Es el caso de la siguiente frase, que en su forma más primitiva decía lo siguiente: “Angele Dei, qui custos es mei, tibi commissum pietate superna, me illumina, custodi, rege et guberna (Santo Ángel del Señor, mi celoso guardador, pues que a ti me confío la Piedad divina, hoy y siempre me gobierne, rige, guarde e ilumine. Ámen). Otros explican que para comunicarse con los Ángeles de la Guarda también conviene estar atento a los eventuales mensajes y casualidades que pueden ocurrir después de pedir su ayuda, poner atención a los sueños y su posible significado, y hacer caso a nuestro buen instinto cuando esté ocurriendo algo extraordinario o inusual. La creencia religiosa contemporánea, en los albores del siglo XXI, todavía sostiene que los Ángeles de la Guarda protegen diariamente nuestro cuerpo y alma y elevan por nosotros rezos a Dios, a la manera de intermediarios. Si bien no podemos verlos, para muchos la invisibilidad de la que se valen sólo es una forma más eficaz para auxiliarnos y ampararnos.

Dios no te ha olvidado, pero en qué estas creyendo tú?

 

“Dios no te ha olvidado”. Al escuchar esas palabras, me emocioné por completo ya que no me había dado cuenta de lo mucho que las necesitaba. Mientras las lágrimas corrían por mi rostro, comprendí lo sola y olvidada que me había sentido.

 

Estaba en el momento más oscuro de mi vida. Mi esposo había abandonado nuestra familia, mi cuerpo se estaba deteriorando y estaba criando dos hijas que no querían saber nada de “mi” Dios. Me sentía desapercibida.

 

Sin embargo, de alguna manera, saber que Dios no me había olvidado me motivó a buscarlo con una esperanza renovada. Aquellas simples palabras me ayudaron a concentrarme en las verdades que necesitaba recordar: que el Señor estaba conmigo y que me sustentaría a través de esta prueba, que Dios estaba usando mi sufrimiento para lograr algo mucho más grande de lo que yo pudiese ver o comprender y que mi dolor no duraría más que lo absolutamente necesario.

 

Esas verdades me sustentaron y esas tres garantías me aún siguen sosteniendo.

 

Dios estará conmigo

La seguridad de que Dios está con nosotros es el regalo más precioso que tenemos durante el sufrimiento.

 

Por supuesto, como cristianos sabemos que Dios siempre está con nosotros y que no hay lugar del que podamos huir de su presencia (Salmo 139:8), pero experimentar la presencia y el consuelo de Dios es diferente. Me ha dado gozo cuando no tenía motivación (Salmo 16:11), me ha renovado cuando estuve cansada (Hechos 3:20) y me ha librado del temor cuando pasé por las aguas (Isaías 43:2). La presencia de Dios ha sido más evidente en mi vida en el sufrimiento que en cualquier otro momento, convirtiéndola en un tesoro invaluable en la oscuridad (Isaías 45:13).

 

En el Salmo 23, David comienza hablando de Dios y de su tierno cuidado diciendo “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1), pero cuando se encuentra en un lugar de peligro y sufrimiento, pasa de hablar de Dios a hablarle a Dios directamente: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo 23:4). Hay una cercanía, una intimidad con Dios que David experimenta inmediatamente en la angustia.

 

La incomparable presencia de Dios en nuestro dolor enfatiza que un día con Él en la prueba, es mejor que mil días sin dolor en otro lugar.

 

Dios tiene un propósito bueno para mi sufrimiento

Si mi sufrimiento no tuviera sentido, no hubiera podido soportarlo. Me habría sentido derrotada, amargada y llena de remordimientos y dudas y me preguntaría si mi mala decisión, o la de alguien más, me había impedido tener la vida exitosa que anhelaba. La vida me habría parecido injusta e incluso cruel.

 

Sin embargo y afortunadamente, sé que lo contrario es verdad: mi sufrimiento le ha sido confiado a Dios y Él está usando cada gota del mismo para cumplir sus buenos propósitos en mí. Mi sufrimiento está cargado de significado y no será desperdiciado, incluso si todo lo que puedo ver en este momento sea pérdida. Por la fe, creo que Dios tiene un motivo y también un propósito para mi dolor, quizás miles de razones, y todas son para mi bien, sin importar cómo luzca o se sienta (Romanos 8:28; Génesis 50:20). Mientras no pueda ver o entender ninguno de esos propósitos, sé que el Señor jamás me haría sufrir sin razón. Ahora puedo ver tenuemente en el espejo y comprendo parcialmente, pero un día veré cara a cara y comprenderé plenamente (1 Corintios 13:12).

 

Los hombres y mujeres en la Biblia no pudieron ver cómo Dios estaba usando sus vidas ni sus luchas. Vivían el día a día, igual que nosotros, decepcionados, esperando y preguntándose por qué sus vidas eran tan difíciles. Aun así, Dios usó su dolor para algo más glorioso de lo que pudieran imaginar.

 

Sucede del mismo modo con nosotros. Debemos confiar que Dios está usando nuestro sufrimiento para algo más grande de lo que podemos ver ahora. Nuestro sufrimiento está logrando algo eterno, preparándonos un peso de gloria que supera cualquier comparación (2 Corintios 4:17). Así como con José, nuestras luchas pueden estar salvando muchas vidas (Génesis 50:20), lo cual podremos ver por completo solamente en el cielo. No obstante, podemos estar seguros de que, así como lo dice Joni Eareckson, “En el cielo, agradeceremos a Dios sin parar por las pruebas que nos envió al estar aquí”.

 

Mi dolor terminará algún día.

Sin importar el dolor por el que estemos pasando, si estamos en Cristo, podemos estar seguros de que no durará para siempre. Nuestro sufrimiento es “temporal” y “por un corto tiempo” al considerarlo y experimentarlo a la luz de la eternidad. Dios hará todas las cosas nuevas; tenemos gozo eterno esperando por nosotros en el cielo.

 

Sin embargo, el cielo puede parecer un pequeño consuelo cuando los días de dolor se alargan por meses e incluso años. Todos queremos ser libres del dolor en esta vida y muchos veremos esa libertad. Nada está por encima de la capacidad de Dios para redimir. Él da vida a los muertos y llama como si existieran a cosas que no existen (Romanos 4:17). Dios sabe exactamente cuánto tiempo durará nuestro dolor y también nos dará todo lo que necesitemos mientras esperamos. Nada es demasiado difícil para Él (Jeremías 32:17). Solo podemos vivir un capítulo de nuestras vidas a la vez y ninguno de nosotros sabe exactamente lo que traerá el próximo capítulo. Puede que el día de mañana nos traiga una redención más allá de nuestros sueños, como experimentaron Noemí, José y Job. O tal vez solo un descanso necesario de nuestro dolor y sufrimiento. Puede que pronto miremos hacia atrás, a las pruebas de hoy, y nos maravillemos por la fidelidad de Dios en ellas.

 

Aun así, no todos podremos hablar del dolor en tiempo pasado. Algunos no vamos a experimentar el alivio en esta vida, sino que moriremos a causa de una enfermedad que nos consume, sentiremos el dolor de por vida de una pérdida aguda, viviremos entre sueños rotos, agonizaremos preguntándonos cómo se las van a arreglar nuestros seres queridos, lucharemos con enfermedades físicas y mentales debilitantes y puede que nunca veamos el cumplimiento de todo lo que creíamos que Dios haría. Al igual que los santos de las Escrituras, quienes no vieron realizadas las promesas de Dios durante su vida, tendremos que confiar en que Dios nos tiene reservado algo mejor (Hebreos 11:13-16): una herencia gloriosa, riquezas incalculables, coronas de gloria y placeres para siempre. Si somos suyos, nuestro dolor terminará con toda seguridad y por completo.

 

Dios no te ha olvidado

Dios tiene toda la eternidad para mostrarnos su bondad (Efesios 2:7). Como ha prometido, “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Estoy convencida de que cuanto menos placer y recompensa terrenales hayamos recibido, mayor será nuestro placer y recompensa en el cielo.

 

Si estás luchando hoy, recuerda que Dios no te ha olvidado. Te ha grabado en las palmas de sus manos (Isaías 49:15-16). Nunca te fallará ni te abandonará. Caminará contigo a través de cada valle oscuro. El Dios que ha contado cada cabello de tu cabeza y conoce cada gorrión que cae al suelo está al tanto de cada detalle de tu situación. Él está usando tu sufrimiento y tu dolor en formas que no creerías si alguien te lo dijera.

 

Y después de que hayáis sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá (1 Pedro 5:10).